Escribir un libro: en busca de la idea perdida

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Por Elio Delgado Domínguez, autor de La semilla de Adán.

Cuando tenga una idea que merezca la pena, entonces escribiré una novela.

Esa era mi “respuesta-excusa” favorita como explicación a mi pereza para entrar en el mundo de las letras.

Debido a mi profesión (soy creativo publicitario) se me presupone que tengo imaginación y por tanto debería escribir novelas como rosquillas. Nada más lejos de la realidad. Primero porque hay que tener ciertas facultades para poder expresar lo que te pasa por la cabeza de forma correcta y ordenada (lo que se denomina saber escribir), pero sobretodo porque el proceso creativo es muy distinto; en publicidad prima la síntesis, tratar de transmitir una gran cantidad de cualidades en una sola frase o imagen, en cambio la literatura es el proceso contrario, se basa en desarrollar (contar) de forma más o menos extensa una idea.

Creatividad, imaginación, inventiva, ingenio, originalidad, singularidad, llámalo cómo quieras, pero desde montar un negocio hasta el diseño de un cenicero comienzan con una idea y si es buena, mucho mejor.

¿Qué es una buena idea?

La práctica dice que es aquella que tiene éxito. Cómo yo no soy Nostradamus, y existen miles de ejemplos de buenas ideas que fracasaron y viceversa, me conformo con encontrar una idea que sea distinta a las demás. En el caso de una novela se traduce en un argumento original.

¿Por qué debe ser original?

Escribir sobre el amor entre vampiros, colegios de magos, disputas medievales o futuros distópicos está muy bien, incluso puedes tener cierto éxito si sabes darle el enfoque adecuado. Existe un público que te leerá simplemente por tratar sobre una temática determinada, pero sinceramente, escribir sobre algo que ya se ha escrito a mí me aburre y eso se termina transmitiendo al lector. Entre la copia y el original, yo siempre me quedaré con el original por muy mejorada que quieran hacer la copia.

Ya está todo inventado

Este fue el argumento del director de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos en 1899 recomendando el cierre de su oficina. Sin comentarios.

¿Cómo hago para encontrar esa idea original?

Mi primera opción fue mudarme a una cabaña de madera en un bosque de Canadá con su correspondiente lago, aislarme del mundo para encontrarme a mí mismo y enfrentarme a mis propios miedos. Desgraciadamente se me iba de presupuesto, además del peligro añadido de que cuando empezase a nevar me surgieran instintos asesinos contra toda mi familia.

El plan B, más low-cost, consistía en provocar la casualidad para convertirla en causalidad, es decir, en vez de quedarme sentado esperando a que me lleguen las musas, abrir mucho los ojos para observar todo lo que me rodea y tomar notas mentales de posibles filones creativos.

Eureka!

Normalmente “la idea” no aparece totalmente desescamada y limpia de espinas, sino que se parte de un boceto inicial que va mutando hasta un resultado final que poco o nada tiene que ver con la idea primigenia. De hecho es muy frecuente que los primeros planteamientos siempre se desechen, pero la clave está en reconocer que ideas pueden tener un recorrido y merecen la pena dedicarles tiempo.

A mí me encantaría conocer cómo fue la concepción creativa de “Viaje al centro de la tierra”, “La máquina del tiempo”, “El Sr. de los anillos”, o “Canción de hielo y fuego”. Pero la única concepción que conozco de primera mano (a parte de la de mis hijos) es la de mi novela “La semilla de Adán”.

La semilla de Adán

Lo primero, quiero romper mitos: NO, la mayoría de ideas no me surgen en el W.C. Quizás a otras personas les funcione, pero a mí, en esos momentos de intimidad, solo me preocupa lo que me preocupa.

En este caso en concreto, todo comenzó con una noticia que llamó poderosamente mi atención; el uso del esperma de ballena en las cremas cosméticas y en los lápices labiales.

Mi primera reacción fue “¡Qué asco!

Aunque es curioso que no ponga reparos para degustar un par de días a la semana la menstruación de una gallina (llamados huevos por un tema de marketing) y que me encanten esas cucarachas de mar denominadas gambas o langostinos (otro caso exitoso de naming). Ahora bien, cuando se habla de fluidos corporales, la cosa cambia.

Finalmente resultó ser un error de traducción; en realidad se trataba del “espermaceti”, un compuesto de grasa que se almacena en la cabeza del animal que no tiene ninguna función reproductiva (¡menos mal! creí que me estaba embadurnando mi cara con semen de cachalote pero sólo son sus sesos).

La chispa ya había prendido en mi cabeza: ¿Tendrá el semen poder regenerativo?

Investigué un poco por internet (esa fuente inagotable de sabiduría contrastada) y encontré una serie de testimonios muy llamativos; en YouTube aparecían algunos videos de señoras que aseguraban ser octogenarias mostrando su DNI, aunque no aparentaban más de 50 años ¿A qué ya habéis intuido su secreto? ¡Sí! Efectivamente, es lo que estáis temiendo, estás mujeres presumían orgullosas de extender esperma por su piel, preferiblemente de procedencia humana.

Lo tenía claro, ahí estaba el argumento de mi futura novela. Hasta la fecha y que yo supiera, nadie había escrito sobre eso, aunque también me asaltó la duda; si nadie ha escrito sobre eso, por algo será… Finalmente llegué a la conclusión que no perdía nada por intentarlo.

En mi labor de documentación me surgieron ciertas dudas. Cómo todo el mundo sabe, la información que obtenemos de un video de YouTube es palabra sagrada y no hay que dudar de ella, pero si esas afirmaciones fueran ciertas, las actrices porno se habrían convertido, tras varias películas rodadas, en el curioso caso de Benjamin Button.

Para evitar las críticas sobre el rigor y la veracidad de mis fuentes, decidí que la temática debía de encuadrarse dentro de la ciencia ficción, ya que eso te da cierta licencia moral para escribir sobre materias de carácter científico sin tener ni idea.

El tono de la novela debía ser humorístico, usando cómo herramientas el sarcasmo y el humor surrealista. De otra forma es imposible tratar este asunto.

Además cómo el protagonista era el semen, no estaría mal unas cuantas dosis de erotismo, que últimamente está de moda y “a nadie le amarga un dulce” (lo sé, esta expresión no es muy apropiada en este contexto).

Todos estos ingredientes los agité con fuerza dentro de una portada llamativa y surgió mi novela.

Considero que he cumplido mi objetivo cuando las palabras más repetidas en las reseñas a la novela han sido “fresco y “original”, pero puestos a soñar, aunque pueda sonar pretencioso, quién sabe si quizás en el futuro, el descubrimiento de la eterna juventud provenga del estudio de alguna nueva propiedad encontrada en el esperma humano y mi novela se convierta en el nuevo “De la tierra a la luna”.

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Un comentario en “Escribir un libro: en busca de la idea perdida”

  1. Un artículo muy interesante y divertido. Es cierto que se echa mucho en falta hoy en día argumentos originales, quizás por falta de valentía en las editoriales o por una crisis de ideas en los autores, pero tengo la impresión de que todas las novelas se parecen. Enhorabuena por el artículo y me animaré a leer tu novela.

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